A ORILLAS DEL TIEMPO es una gesta, un cantar profundo que vivifica las palabras y transmuta su sentido hasta convertirlas en frutos sazonados de dolores que el olvido atempera y de gozos limitados por los recuerdos.
Se describe, en verdad, una vida, una familia o un grupo de familias. Pero es bien más que eso y a poco queda abarcada en el círculo de la narración toda una colectividad, víctima de persecución y desarraigo, necesitada de refugio y tranquilidad. No obstante, esta definición, ya más avanzada, sigue siendo estrecha pues pronto el escrito se extiende más allá de la borrosa égloga rioplatense, y desemboca en dramas ultramarinos, en una historia con terribles encrucijadas y desgarramientos, en el afán secular de un pueblo por ser y poder mostrar su rostro hermoso ante la faz de las naciones.
No es la historia de Armenia; es una historia de Armenia, de la Armenia memoriosa y peregrina que transita un éxodo acaso connatural pero no por eso menos agobiante: «Somos, seguimos siendo y un día lo seremos de manera más acendrada todavía», es lo que dicen todos y cada uno de los personajes, y lo repiten, lo repiten una y otra vez hasta que esa monótona exaltación se transforma en ternura apasionada, que es lo que leerá en este texto cualquier lector desprevenido, en tanto el antropólogo sesgado que inevitablemente llevamos hallará en él los rastros de la perpetua lucha por mantener la identidad.
Me limito a creer que nadie con riqueza interna y corazón generoso, se sentirá decepcionado.
Se describe, en verdad, una vida, una familia o un grupo de familias. Pero es bien más que eso y a poco queda abarcada en el círculo de la narración toda una colectividad, víctima de persecución y desarraigo, necesitada de refugio y tranquilidad. No obstante, esta definición, ya más avanzada, sigue siendo estrecha pues pronto el escrito se extiende más allá de la borrosa égloga rioplatense, y desemboca en dramas ultramarinos, en una historia con terribles encrucijadas y desgarramientos, en el afán secular de un pueblo por ser y poder mostrar su rostro hermoso ante la faz de las naciones.
No es la historia de Armenia; es una historia de Armenia, de la Armenia memoriosa y peregrina que transita un éxodo acaso connatural pero no por eso menos agobiante: «Somos, seguimos siendo y un día lo seremos de manera más acendrada todavía», es lo que dicen todos y cada uno de los personajes, y lo repiten, lo repiten una y otra vez hasta que esa monótona exaltación se transforma en ternura apasionada, que es lo que leerá en este texto cualquier lector desprevenido, en tanto el antropólogo sesgado que inevitablemente llevamos hallará en él los rastros de la perpetua lucha por mantener la identidad.
Me limito a creer que nadie con riqueza interna y corazón generoso, se sentirá decepcionado.
Fernando Sánchez Zinny








